APUNTE BIOGRAFICO

Alfredo Aráujo Santoyo

 

 

 

 

Nace en Bogotá el día 6 de Noviembre de 1972

A los diecisiete años, Alfredo Araújo Santoyo surge como una revelación en Europa por su evidente talento, que se refleja en una obra basada en el cuerpo humano y lo que este representa. El joven artista bogotano ha realizado una exposición individual y varias colectivas en las galerías más reconocidas de Bruselas. La fuerza y el carácter original de sus personajes, modelados en arcilla o en bronce y dibujados en tinta y carbón, han merecido importante reconocimiento en el medio artístico de Bélgica, donde el público le otorgó el primer premio en el Salón de Mayo de este año.

Despojar al hombre de todo aquello que lo aleja de sí mismo, lejos de la hipocresía, y mostrarlo en su realidad más profunda, es el objetivo de Alfredo. El hombre es el centro de su creación artística, e intenta expresar sus sentimientos, independientemente de una situación determinada. Sus personajes no están condicionados por el tiempo, pues son válidos en cualquier momento, en cualquier lugar. «Por eso están desnudos, por eso están solos; son personajes sin modelo, vienen de mi cabeza», dice.

Alfredo cursa quinto de bachillerato en la Academia Real de Bellas Artes de Bruselas, y el segundo año de escultura en la academia de Ixelles. Llegó hace cuatro años a Bélgica con su familia, y desde entonces se ha dedicado seriamente a la escultura y la pintura. Desde niño, el ambiente familiar le ha proporcionado los elementos necesarios para desarrollar su talento y ejercer una actividad que lo apasiona. Pilar Santoyo, la madre de Alfredo, dirigió durante varios años una academia de arte para niños, en la que Alfredo pasó muchas horas, y su padre es el más duro crítico que Alfredo haya tenido.

En 1983 ganó el primer premio en escultura del concurso organizado por Berol en Bogotá, y en 1984 el primer premio de la Galería Pluma. Pero es en Bélgica donde Alfredo se ha consolidado definitivamente como artista. Sin proponérselo, logra lo que algunos de sus profesores y muchos artistas no han conseguido en años de trabajo: primera exposición individual en la galería Alfitel, en enero de 1990; participación en el Salón de Mayo durante dos años consecutivos (1989 y 1990); una exposición colectiva en la galería Christian Cloots, en julio de 1990; dos premios otorgados por el público, y un importante compromiso con la galería francesa Contraste, para abril de 1991.

Sin embargo, para Alfredo el éxito puede ser también un grave inconveniente en su relación con los demás. Algunos lo admiran, otros lo envidian, otros no conciben su talento. Pero es que, como ya dijimos, apenas tiene diecisiete años. Y en realidad no es fácil hacer una relación entre el joven y el artista. Así como asombra su serenidad y aparente seguridad en sí mismo, no deja de aparecer el niño que disfruta plenamente de su creación artística, de sus muñecos, como él mismo llama a sus obras, o el adolescente que empieza apenas a abrir los ojos al mundo, cuando habla de la noviecita que lo acaba de dejar «plantado».

Sus obras, de un realismo conmovedor, dejan ver un conocimiento profundo de la anatomía, pues a pesar de su edad, Alfredo ha realizado un in tenso trabajo en el estudio de la estructura del cuerpo masculino. Desde niño modelaba los superhéroes en plastilina. «Prefiero la estructura masculina –explica porque es la que más conozco. Además, el cuerpo del hombre permite torsiones más fuertes, más violentas. Los movimientos fuertes en el cuerpo masculino, chocan en el cuerpo femenino».

Para la preparación de cada obra, Alfredo realiza una serie de bocetos y de esculturas que se van transformando, que van cambiando de posición hasta el momento en que el artista encuentra la que corresponde más precisamente a aquello que desea expresar. «Me gusta en el dibujo plasmar una sensación, un momento, un sentimiento», nos dice en su casa de Bruselas.

Dibujos y esculturas trabajados con materiales tradicionales como el bronce, la tierra cocida, el pastel o el carbón, muestran el dominio de la técnica; en sus esculturas de bronce, por ejemplo, el espacio juega un papel fundamental. A partir de moldes de cera perdida, Alfredo realiza diferentes láminas que se unen entre sí, conformando cada pieza. «Las láminas dejan pasar la luz, y el espacio entra en la escultura». Esta técnica, que aplica también en el dibujo dejando espacios en blanco, constituye una parte muy importante de la identidad de su obra.

En cuanto a la temática, su fuente de inspiración son los temas bíblicos y de la mitología. Según Alfredo, existen siempre las mismas situaciones, que se repiten. La escogencia del martirio de San Sebastián, obra con la cual le fue otorgado el premio del Salón de Mayo, tiene una evidente significación en los sentimientos de impotencia y de sufrimiento que puede experimentar el hombre. Sensible frente a la situación que se vive en Colombia, Alfredo pretende profundizar con esta obra en la experiencia de la gente en su país. Y así lo expresó al diario belga La Lanterne: «No me gusta la política, pero lo que pasa en mi país me hace pensar que la gente se encuentra en una situación que la sobrepasa, la gente tiene la impresión de que no puede hacer nada. Y es, de cierta manera, lo que quise expresar en el San Sebastián». Para esta obra, Alfredo utilizó pasteles acrílicos que trabajó por capas, como imitando el glacis, color transparente de los primitivos flamencos. Tres cuadros representan a un hombre, San Sebastián, en tres posturas diferentes de su cuerpo atravesado por flechas, expresando asombrosamente el dolor.

Alfredo Araújo desea regresar a Colombia. Sus recuerdos de infancia y su vida familiar lo llevan permanentemente a afirmarse en este deseo, además de sentirse muy atraído hacia lo que conoce del arte colombiano. A finales de 1989 tuvo la oportunidad de participar en la ex posición organizada por la Flota Mercante Grancolombiana, «Exhibition of Contemporary Colombian Art», al lado de artistas como Luis Caballero, Saturnino Ramírez, Darío Morales y otros. Sin embargo, su interés está más orientado hacia conocer cómo trabajan los artistas en Colombia y qué es lo que están haciendo.

Regresar a Colombia tiene, además, una razón muy valiosa para su vida como artista. En este sentido, Alfredo es muy lúcido y un poco duro a la vez, cuando se refiere al momento que se está viviendo en Bélgica: «Aquí la gente trabaja únicamente para tener una pensión. No se siente pasión por lo que se hace. La carrera artística consiste en terminar la escuela de Bellas Artes, y la mayor aspiración es llegar a ser profesor de la academia. Muy pocas personas se asumen realmente como artistas. Es cierto que en Bruselas me he formado, especialmente en la práctica. Tengo disciplina: veinticinco horas semanales de trabajo artístico dentro de los cursos reglamentarios para el bachillerato, y tres horas diarias de escultura en la academia de Ixelles». Alfredo está convencido de que el artista no se hace en la academia. «El problema en la escuela es que se ha desarrollado un arte muy intelectual. Para mí, una obra de arte debe bastarse a sí misma. Algo que requiere de una explicación teórica de veinte páginas o justificar un discurso intelectual, no es una obra de arte».

Es un día del mes de julio, y una hermosa tarde soleada llega a su fin. La mayoría de los jóvenes belgas comienzan los preparativos para las largas vacaciones de vera no. Sin embargo, para Alfredo Araújo las cosas son bien diferentes, pues lo aguarda un trabajo des comunal: cuarenta cuadros y veinte esculturas deben estar listos para su próxima exposición individual, en abril de 1991, en la galería Contraste. Esta será la última exposición en Europa antes de su regreso a Colombia. Le gustaría trabajar sobre el tema del tarot, porque se siente muy atraído hacia la representación de cada una de las cartas que lo conforman, además de ser un tema que ya han trabajado otros artistas. Esta idea lo apasiona.

Pensar en lo que le espera en Colombia, es para él como penetrar en un mundo maravilloso y fantástico, como cuando modelaba los superhéroes en plastilina.

Han pasado más de 30 años y toda una vida como artista, pero Araujo Santoyo cree que sigue pintando monachos. Ahí está, con un pincel sobre el lienzo en blanco. El Maestro transforma a sus héroes del pasado en figuras aladas, cuyas miradas misteriosas se cruzan sobre fondos abstractos, manchados de color y oscuridad.

La figura del maestro aparece misteriosa en algunas de sus obras y él, que aprendió a modelar plastilina antes que hablar; camina entre cuerpos escorzados buscando la esencia del hombre, tratando de encontrar a través de la pintura la razón de su mismo ser.

Su curiosidad por la naturaleza humana y el mismo interés por el arte nacieron desde su niñez. Se volvió un experto en mitología, le ayudaba a su abuela paterna a llenar crucigramas con los nombres de los antiguos dioses griegos y en las tardes de estudio, acompañadas por música clásica, se concentraba en el estudio de la historia mundial y las religiones.

De aprendiz a maestro «Con semejantes gustos, yo era el bicho raro del colegio -recuerda, sonriente, el maestro Araujo Santoyo-. Por eso mi mamá creó una academia de artes en la que afortunadamente pude conocer a otros niños con los mismos intereses. Además, a partir del aprendizaje y el apoyo de mis padres, comprendí que lo qué uno hace no sirve de nada sino se comparte con los demás».

Su gusto por la enseñanza es casi genético. Enrique Grau, su tío, fue profesor de arte en la Universidad Nacional; su madre; Pilar Santoyo, fue monitora del taller de David Manzur y se ha desempeñado durante 35 años como profesora de arte a historia; y su padre, Alfredo Araujo Vélez, es músico, fue director de coros y profesor de contrapunto.

«Nunca subvaloraron el arte y su importancia. Supieron reconocerlo en mí desde la infancia, siempre me apoyaron y hasta me daban clases», cuenta Araujo Santoyo, quien imparte todos sus conocimientos en la Galería Fábula, un lugar dedicado al arte (en la calle 118 No: 14A-18) que empezó ofreciendo pequeños talleres de pintura y hoy día se constituye como una academia formal que expide título de `técnico laboral en bellas artes.

El maestro trata de entregarles a sus alumnos todo lo que tiene y cada una de sus clases resulta una experiencia distinta. Tiene fama de estricto y de vez en cuando sale con un chiste para hacerlos reír.

Su trabajo como artista es reconocido en todo el país. Hoy expone en Bruselas (Bélgica), pero piensa que nada ha cambiado. Es el mismo niño haciendo mamarrachos que ahora son verdaderas obras de arte.

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