APUNTE BIOGRAFICO

 

 

Alfredo Roldán

 

 

Alfredo Roldán ( Madrid, 1965 ) es un pintor español autodidacta.

Como era de esperar, vive en pleno centro viejo de Madrid, en un crisol de calles y callejuelas estrechas habitado por gente de todas partes- un barrio libre y alborotador; multicultural y continuamente cambiante; anticipándose al futuro de la ciudad. Un barrio pujante, ruidoso con interminables obras municipales, en contraste total con la serenidad de los lienzos de Alfredo.

Su estudio a pesar del medio ambiente es un asilo de tranquilidad donde solo el distante, sordino rugido externo nos recuerda la ciudad. Tiene un temperamento ascético que lo hace apartarse del mundanal ruido y tomar refugio entre pinturas, libros y viejas películas, solo los años treinta y cuarenta satisfacen su necesidad de glamour, de misterio y de lo mágico.

El acceso a su estudio es por un pasillo repleto con grabados y dibujos de amigos, restos de largas tertulias. Al entrar en el estudio, un ancho espacio diáfano con balcones que dan a un patio interior, comprendemos porqué los italianos los llaman “laboratorios”.

Todos los elementos que aparecen en su trabajo, como floreros, jarrones, sillas, etc. se extienden por el lugar junto con montañas de fotografías, resultado del vagabundeo de Alfredo, cuando cámara en mano, sale para coger pedazos de realidad que integrará en sus creaciones como un captor ávido de posturas fugaces. Esta visión caleidoscópica define bien nuestro tiempo en que todo, desde la información a las imágenes, se fragmenta habitualmente. Influenciado por esta tendencia, Alfredo usa las fuentes más dispares: un jarrón de flores, la fotografía de una cara, una silla vieja, una reja, flores… para mezclarlas en un armonioso todo.

A pesar de sus orígenes diferentes, de sus diferentes texturas lumínicas, logra mezclar todos estos variopintos elementos y coserlos sin que se note la más mínima de las puntadas.

Como prefiere luz artificial corre las cortinas antes de empezar a pintar. Para iluminación usa halógenos. Uno de ellos crea zonas de iluminación indirecta, el otro se enfoca en la lona. El resto del estudio permanece en penumbra. Agrega un poco de música de fondo y una jarra de agua, y el trabajo puede empezar: Hace a sus pinceles bailar como un hechicero y aplica antídotos cromáticos, carisma y sensibilidad a la monotonía gris de la vida cotidiana de la gran ciudad.

Mirar muy de cerca los cuadros de Alfredo da lugar a descubrimientos interesantes. La superficie está llena de escofinas y raspaduras, manchas, impactos, graffiti y líneas. Este tratamiento crea una gran cantidad de “mini-manchas”, hasta en áreas pequeñas del mismo color, todas con diferencias diminutas de refacción que, junto con el uso de colores muy diluido, permite variaciones interminables de contraste, matices y tonalidad.

“Primero hago una mancha neutra de tonos cálidos y próximos al naranja y dibujo con líneas de colores pardos para perfilar un bosquejo inicial con formas generales. En las obras en las que coloco una figura humana, el rostro es la llave que me permite centrar el cuadro. Más o menos tengo claro de antemano las masas de color que voy a usar; pero estoy abierto a cualquier cambio”.

El grueso de su trabajo está dedicado a la representación de la figura humana. En hacerlo, simplifica la realidad sin disminuirla. Se acerca s sus objetos de forma sencilla, aplicando sus colores en capas exactas, mostrándonos cómo ve él un vaso, una fruta o una cara y después las combina de la misma forma que un montador de cine pega fotograma a fotograma y plano a plano. El conjunto final guarda ese aire barroco propio de todas las obras de arte intensamente vivas.

Uno de los aspectos más característicos de sus personajes es el tratamiento dado a los ojos. “sin llegar a pintar las niñas de los ojos se puede lograr expresión. Una simple insinuación y el rasgo del arco de las cejas son más que suficiente”.

Usando esta insinuación como punto de partida veremos que su forma de pintar los ojos usa una solución tridimensional, es decir, una solución escultural, para resolver un desafío pictórico. Ojos vacíos, huecos, aberturas vigilantes como almendras maduras, ojos de caverna- Ojos que nos recuerdan a las cuevas mitológicas de la antigüedad griega. Tradicionalmente se asigna a los ojos el papel de “ventanas del alma” capaz de revelar una realidad invisible. En el caso de Alfredo los ojos son enigmáticos y no sabemos si miran hacia fuera, hacia dentro o nos escrutan oblicuamente.

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